“Ya hay un español que quiere
vivir, y a vivir empieza…”
Antonio Machado
“Twitteo, ergo ya me he levantado, querido mundo”. Comparto una noticia en Facebook, no vaya a ser que la gente piense que no estoy a la última. Mientras, comento una foto de la fiesta de este sábado en Tuenti. Añado a mi currículum de Linkedin la Feria del mes pasado en la que trabajé como Relaciones Públicas. Ah, y voy a iniciarme en eso del Scribd, dicen que es el futuro…
Éstas podrían ser las notas mentales de un joven cualquiera en un territorio cualquiera del globo terráqueo. Pongamos que es español. Joven víctima (o beneficiado, tampoco es cuestión de ser subjetivo) de la influencia trasnacional del supercapitalismo global que constituye la nueva economía de la reputación que gobierna la sociedad actual. Así podemos caracterizar el giro que la posmodernidad está efectuando en los últimos tiempos. Pero vayamos al sustrato de este prototipo de joven, que es lo que realmente interesa al epígrafe que nos ocupa:
De todos es sabido que las raíces del Estado español (me atrevería a decir que incluso el tallo y hasta las yemas axilares) son católicas. No olvidemos que el Ethos católico actúa bajo una fuerte presión social –qué dirá el vecino si me ve con este traje…–, en el que el gasto y la ostentación son el denominador común en contraposición a toda forma de ahorro, donde el individuo es heterónomo, esto es, que está sometido a un poder ajeno que le impide el libre desarrollo de su naturaleza, o sea, dependiente de una autoridad jerárquica por una parte y de una comunidad por la otra.
Cultura de la autoridad: el católico es miembro de una sociedad universal compleja, la Iglesia. Iglesia que otorga una moral al individuo que, a modo de gregario, debe ejecutar hasta sus últimas consecuencias y siempre a favor de los códigos comunes, a favor de “lo comunitario”.
Por otra parte, no debemos olvidar la trascendencia de la Reforma (y Contrarreforma mediante el Concilio de Trento) y sus consecuencias. En lo que nos atañe, su consecuente segmentación de la Sociedad en lo que a la forma de tratar la imagen se refiere: Iconólatras e iconoclastas. Los primeros, adoradores de imágenes, de signos. A este grupo pertenece nuestra sociedad objeto de estudio, y esto es un carácter fundamental en la memoria: el católico es más propicio a las Artes, más cercano a la sensibilidad. Contexto ideal para que fructifique el valor de cambio, los valores añadidos a los productos y objetos que desarrolla el actual modelo de sociedad española de consumo. Facilita aún más, si cabe, el desmedido culto por la imagen, la mera apariencia exterior ante los demás en la que se ha convertido el prestigio social que deriva de la anterior reputación.
Si a nuestro peculiar batiburrillo de ideas le añadimos el ingrediente del Régimen dictatorial que vive la sociedad, con la represión en todos los ámbitos socioculturales a la que es sometida, podremos vaticinar mejor cuál será el resultado final amplificado gracias al Plan de Estabilización que tiene lugar en 1959 y que supone el fin de la autarquía. No es otro que el nacimiento del consumo como válvula de escape con toda una serie de connotaciones positivas como la libertad, la ruptura con el pasado, el concepto de Modernidad… que no hacen sino conferir una mayor capacidad persuasiva a su vehículo de expresión, la Publicidad.
Yo soy aquel negrito del África tropical,
Que cultivando cantaba la canción del Cola Cao.
Y como verán ustedes, les voy a relatar,
Las múltiples cualidades de este producto sin par.
…Y es que, una vez contextualizado, dan ganas de salir a la calle y gritar a los cuatro vientos que uno es feliz, después de ver este anuncio del 1.962 en el Youtube. Aunque pensándolo bien y en vista del poder que otorga reprogramar las redes sociales, como argumenta el genial Manuel Castells en su celebérrimo Comunicación y Poder, casi mejor envío un SMS en cadena y hago un evento en las redes sociales, ¿te unes?